Amargo y melodía gris.

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“Si tu me quittes, j’en crèverai avant même d’avoir pu tremper ma plume d’oie;
dans l’ azurite de mon encrier, avant même de m’écrier; petite ¿pourquoi?”

“Si tú me dejas, voy a morir antes de siquiera poder sumergir mi pluma
en la azurita de mi tintero; incluso antes de exclamar: pequeña ¿por qué?”

 

 

No puedo dormir.

Busco con desesperación el sueño,
un sueño que me arranque tu ausencia,
un sueño que me acerque a ti,
a lo poco que soy.

Me imaginé desde mi escritorio,
contemplándome,
y yo recostado,
tan solo.
Inerte bajo la sabana,
aferrado a mi almohada que es tu recuerdo;
sólo para darme cuenta del despojo que soy:
una realidad hecha pesadilla.

Me viene a la mente una melodía
y consigo dormitar,
ahí está,
tu mirada, tu piel morena, tus manos,
tu vestido blanco,
sus bordados.
Basta un paso para tocarte,
una mirada, una caricia, una abrazo,
deshacerme en la pureza de tu falda,
desbordarte;
y al dar el paso, se suma uno más,
y cada paso uno más,
y uno más,
y uno más,
y uno más…

Y no es sino la vuelta a la realidad,
a esta habitación,
a este olor a nostalgia,
amargo y melodía gris,
de noches sin ti,
sin mí.

.: https://www.youtube.com/watch?v=k5Df_okYa3Q :.

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Catorce años.

Tendría diez años. Tal vez once. No recuerdo bien.

Sería la primera vez que viajaría con alguien distinto a mis padres. Lo haría un año después con mi abuelo materno, de Tamaulipas a Querétaro; y sucesivamente lo haría con mayor frecuencia. Esas salidas, esos viajes se convertirían en la adolescencia como aquelarres de demonios, los viajes que hacía para “escapar” de mi realidad. Pero aquella de los once definitivamente era la primera vez que viajaba sin padres; lo cual de entrada ya era un evento importante.

Iba con mi abuelita, la madre de mi padre. Ella viajaba continuamente a la ciudad de México, al barrio de Tepito, iba a comprar ropa y cosméticos, mismos que revendía acá, en Querétaro. No le ganaba mucho pero mi padre decía que era bueno porque la mantenía ocupada. Íbamos ahí porque a las entradas del barrio vivía mi tía Aurora. La casa de mi tía Aurora era una casa de los años cincuenta bien adornada, se veía antigua y ella dedicó mucho de si en decorar, entrar a  esa casa era viajar a los años cincuenta, era tan elegante como íntima. La casa estaba ubicada en la calle de Correo Mayor,  nos quedaba a tiro de piedra el barrio de tepito y su interminable tianguis.

Me emocionaba ir a Tepito porque desde muy pequeño veía en la televisión que era un barrio conflictivo, y yo sentía como meterme a la boca del lobo. Imaginaba que en algún momento sucedería una balacera como esas de la televisión y yo salvando a mi abuelita en medio de una lluvia de plomos. Yo estaba en verdad emocionado por entrar a un lugar así. Mi oficio en aquel viaje era sólo cargar con las bolsas. Ayudar. Así que aproveché para comprar cosas tan baratas como sólo se vendían ahí. Recuerdo que compre una pequeña grabadora de mano con su micrófono integrado. Grababa conversaciones de mi familia, conversaciones en la escuela. Recuerdo que una vez incluso hice un pequeño programa de radio. Jaja. Sólo presentaba canciones. La disfruté mucho hasta que un día la perdí.

También compre muchos discos. Porque allá los vendía en diez pesos, y si comprabas más de cuatro discos, te los daban en ocho pesos. Así que para completar un segmento de cinco discos por ocho pesos debía elegir uno más. La verdad es que ya no me interesaba ninguno, así que éste último lo seleccioné por su portada. Una mujer y un hombre abrazados, vestidos muy a los cincuentas mirando al cielo con rostros como extrañados. ‘Peligrosamente juntos’ se leía en la portada. Tienen que reconocer que la portada de los Hombres G tiene algo de llamativa, no digo bonita, pero sí interesante.

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La cosa que en aquella ocasión fue el primer disco que escuché y me gustó a secas, no me hice fan y su música ya tenía al menos diez años sonando, justo la edad que tenía en ese entonces. Pero sí fue un disco que me acompañó al menos unos cinco años, llegaron a gustarme y sus canciones lograban tocarme, ponerme de ánimo según la letra. El tiempo pasó y dejé de escucharlos.

Hoy, después de catorce años tuve la oportunidad de reencontrarme con una canción en especifico, una que en aquel entonces sentía que vivía y déjenme decirle que he viajado catorce años en el tiempo. He logrado recordar el olor a sangre que tuve en aquella ocasión que la escuchaba mientras estaba solo en mi cuarto, recordé el calor que sentía, estaba solo. Recordé que pensaba que esa canción estaba hecha para situaciones así y yo las estaba viviendo. No sé si ya era un niño demasiado triste, demasiado pendejo, demasiado nada; pero ya me tocaba la letra.

Y la verdad es que no lo recuerdo con la tristeza que en aquel momento lo padecía. La canción me hizo recordar lo solo que me sentía. No quería salir de mi recamara. Recuerdo que mi madre me llamaba y yo fingía no escucharla, haciéndole creer que me había dormido escuchando música. Pero sobre todo recuerdo que había una parte de la canción que yo sabía que Ana, mi hermana, no entendería, que no sobreviviría y que definitivamente iba a suceder un día.

Qué frágil es la mente y que gruesos son los hilos que atan los recuerdos. Qué difícil es volver atrás cuando el tiempo no es amigo.

Aquí les dejo la canción… 

El abrigo de Isabel

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El abrigo de Isabel

Ignacio González Vegas

 

1

Ya te volveremos a llamar, me dice el tipo sin mirarme a los ojos. Creo que he oído esa frase decenas de veces en los últimos dos años. Salgo de la oficina y me voy caminando junto a las vías del tren hasta llegar a la parada de autobús. Voy palpando en el bolsillo del pantalón mi última paga. En el autobús vacío me desplomo en los asientos de la última fila. Me duelen todos los huesos. Son las ocho de la tarde y esta mañana comencé a las seis a trabajar en las vías. Si hubiera sabido que hoy iba a ser mi último día me hubiera sentado a fumar cigarrillos toda la jornada. Pienso esto y me siento ridículo por haberlo pensado. Después de todo, hace tiempo que la línea de ferrocarriles no funciona bien y se rumoreaba que acabaría cerrando. Me duelen los huesos, pero eso pasará. Vuelvo a palpar las cuarenta mil pesetas en mi bolsillo. Una noche volví a casa con menos de la mitad. Le dije a Isabel que me lo habían robado, pero lo cierto era que había estado bebiendo. Ella lo supo y se puso triste. No me dijo nada, pero habría tenido motivos para ponerse hecha una furia. Sólo se puso triste. Ahora vuelvo a casa con menos dinero cada vez que me pagan. Por miedo a que me lo roben o lo pierda, pero en realidad por miedo a bebérmelo.

Esta es mi parada. Al pisar la calle voy pensando en la manera en que le voy a decir a Isabel que ya no tengo trabajo. Éste no es el mejor momento. Dentro de tres meses y medio, en Navidad, nacerá nuestro primer bebé.

Subo las escaleras hasta nuestro piso y me detengo en el rellano. Pego la oreja a la puerta. Isabel está tocando el violín. Toca una pieza que nunca había escuchado. Es triste pero bonita. Me quedo con la cara allí pegada y los ojos cerrados, escuchando.

Isabel toca muy bien. Toca como los ángeles. Yo no sé una palabra de música, pero puedo pasarme horas escuchándola. Tiene un violín viejo, y lo hace sonar de un modo dulce y amargo a un tiempo. Como el lamento de un hada, es lo que yo siempre digo. Ella dice que el instrumento no es muy bueno, pero yo creo que debe valer su buen dinero. Hubo una época, en los momentos más difíciles, cuando yo más bebía, en que estuve tentado varias veces de venderlo. Doy gracias a Dios por no haberme permitido hacer algo tan miserable. Además, Isabel solía ganar algo de dinero tocando en la calle. Se ponía en el muelle, o en las calles peatonales del centro, y siempre se formaba un grupo de gente a su alrededor que acababa depositando unas monedas en el estuche abierto del violín. Pero no vuelto a salir desde que está embarazada. Necesita descansar. También necesitamos dinero, y no pocas veces se empeña en volver a tocar en la calle. Yo sé que tratándose de una mujer en estado la gente echaría más dinero, pero no puedo permitir que lo haga. En una ocasión dos policías dispersaron a la gente y obligaron a Isabel a dejar de tocar y largarse. Había estado tocando durante dos horas sin parar y ellos la insultaron y se llevaron todo el dinero que había conseguido. Cuando me lo contó monté en cólera. Hubiera matado con mis propias manos a esos hijos de puta.

Cuando dejo de escuchar el violín entro en casa. Isabel me mira y sonríe. Su cara es blanca y pequeña, y el dibujo que en ella trazan sus labios rosados me inspira una seguridad que no encontraría en ningún otro rincón del planeta. Hablamos de nuestra situación durante la cena. Al oírla me siento mucho mejor. Ella dice que las cosas cambiarán y yo la creo. Después escuchamos algo de música en la radio. Música clásica, de la que le gusta a Isabel. Yo la rodeo con el brazo y permanecemos así mientras termina el día, y con él todas las cosas ocurridas.

2

Hace un par de años solía hacer kilómetros y kilómetros a diario en mi furgoneta. Repartía comestibles a los pequeños comercios, no sólo de la ciudad sino también de los términos municipales cercanos. Aquello se terminó la tarde misma del accidente. No fue gran cosa, quedé empotrado contra el quita-miedos de la carretera y llevé un collarín durante algunas semanas. Pero había bebido, así que perdí el empleo y me retiraron el carné. La parte delantera de la furgoneta, además, había quedado hecha un acordeón. La grúa me la llevó hasta un aparcamiento improvisado en un solar cercano a nuestro piso. Llevan años anunciando la construcción inminente de una residencia o algo por el estilo allí. Llamé al desguace, donde calculé que me darían diez o doce mil pesetas por la furgoneta. Que estaba demasiado lejos, dijeron. Que no les merecía la pena ir a buscarle, pero que si me las arreglaba para llevarla yo hasta allí me darían algo por ella. Nunca encontré a nadie que me remolcara la furgoneta y, bueno, ahora puedo decir que me alegro de ello. Llevábamos un retraso de cinco meses en el alquiler de nuestro piso y la casera acaba de alquilárselo a alguien. No la puedo culpar por ello. Hace un par de semanas Isabel y yo nos vimos obligados a instalarnos en la furgoneta. Y no se está tan mal, pueden creerlo. El dueño del bar que está pegado al que fuera nuestro portal nos deja utilizar los aseos. Ese es un buen hombre. Varias veces le he pedido trabajo, aunque sé que a él le pone muy incómodo tener que decirme que no. Que ya verá, que cuando vengan mejores tiempos… De todos modos es un buen hombre.

La furgoneta no es un lujo, pero con un par de colchones casi se puede decir que resulta un lugar cómodo. Siempre me gustó que la parte destinada a la carga fuera amplia. En reali­dad, lo único que verdaderamente me preocupa es el frío. El invierno estará muy pronto aquí, y nuestro hijo con él. El frío y la humedad no pueden ser buenos para Isabel ni para el crío. Pienso que deberíamos marcharnos al sur y probar suer­te en el campo, donde dicen que abunda el trabajo. Pero Isabel no está en condiciones de viajar, no en su estado. En cuanto nazca el niño nos largaremos, ya lo hemos planeado. Dejaremos esto y comenzaremos una nueva vida. Nueva y mejor.

Hemos empezado a acusar el frío, e Isabel no se encuentra bien. Estos días ni siquiera tiene fuerzas para tocar el violín. A base de pequeños trabajos consigo comida para cada día, pero la ropa de abrigo que tenemos es escasa. Apenas un par de jerséis, mantas y una bufanda.

La empresa de contratación eventual me ha enviado hoy a un lugar por un trabajo para un desguace, moviendo chatarra de un lugar a otro. Creo que es el mismo sitio donde no quisieron mi furgoneta. Diez mil por jornada, me dicen, y a mí me parece bien. Llego a unas oficinas de las que veo salir a unos cincuenta o sesenta tipos como yo. No se hablan. Uno detrás de otro, mirándose a los zapatos. En sus rostros se adivinan el cansancio y la amargura. Me pongo al final de la cola.

Pasan unas tres o cuatro horas hasta que llega mi turno. El tipo del mostrador es joven y va bien vestido. Me pregunta el nombre, comienza cansinamente a rebuscar entre varios papeles y me dice que no tienen mi ficha. Yo le digo que es imposible, que la empresa ha tenido que enviarla.

Tendrá que hacerse una ficha, jefe; me dice. Odio que me llamen “jefe”, especialmente en estas circunstancias. Me dice que tengo que volver a guardar cola y sonríe como si todo esto tuviera la menor gracia. Vuelvo a ponerme a la cola. Ahora hay más gente que antes. Tardo cinco horas y ya es de noche, Me emplazan para el día siguiente a las siete.

Yo y otros cinco tipos más nos dedicamos a ir de un lugar para otro en un camión que vamos cargando con chatarra, vie­jos coches siniestrados en su mayoría. Algunos tienen sangre en los asientos delanteros. Me pongo a recordar los tiempos de borracheras, y pienso que esa sangre podía haber sido la mía. Trabajamos hasta que se pone el sol, y al finalizar se me acerca un tipo joven y con buena pinta, parecido al de la oficina, que viste una camiseta de una marca de ginebra. Me da cuatro mil pesetas. Creo que si me quedaran fuerzas me echaría a llorar. El tipo me tiende un recibí y me dice: écheme una firma, jefe. No, tío, ya he tragado suficiente mierda, le digo.

Isabel tiene algo de fiebre. Creía que se trataba sólo de un resfriado pero me temo que ha cogido la gripe. He ido a comprarle medicamentos. También necesita ropa de abrigo con urgencia. Me voy a dar una vuelta por la zona del centro comercial. Entro en el hipermercado y compro naranjas para Isabel. Luego merodeo por las tiendas de ropa que están fuera. En todas hay chicas que no deben de tener más de veintitrés años empleadas como dependientas. Van muy arregladas, con ligera y maquillaje. Me decido. Entro con paso rápido, escojo un abrigo de fieltro negro. No es muy caro aunque es demasiado para mí. Pero abriga y a Isabel le iría muy bien. Hago como que me lo pruebo y con él puesto echo a correr con todas mis fuerzas. Corro como si me llevara el diablo, poniendo toda mi alma en ello. Y cuando estoy a dos metros de la puerta del centro comercial algo duro me golpea en la nuca. Un dolor intenso estalla en mi cabeza. Un flash cegador y siento como si me desparramara por dentro.

3

Cuando recobro el conocimiento me encuentro en una celda de apenas cuatro pasos de largo por dos de fondo. No sé cuánto tiempo llevo aquí pero pasan al menos seis horas hasta que aparece aquel policía. Me lleva hasta un teléfono y me dice que puedo hacer una llamada, pero lo cierto es que no tengo nadie a quien llamar. Mi único hermano murió en Madrid hace algún tiempo. No hay nadie. El policía se ríe como si todo esto fuera un juego para él. Necesito ir al retrete con urgencia. Él me lleva y tengo que hacerlo todo con él enfrente, mirándome y riéndose. De repente me fijo en que no tiene mano derecha. En su lugar luce un gancho de hierro. Veo que el manojo de llaves está en el lado derecho del cinturón, y me pregunto cómo me habrá abierto la celda. Él me ve mirar fijamente a su gancho y me dice: ¿te gusta mi mano, mamón?, y luego: ¿quieres probarla a base de bien?, y con la mano izquierda me agarra del pelo y me echa la cabeza hacia atrás, para después introducir la punta del gancho en uno de los orificios de mi nariz y tirar violentamente de él hasta que, con un dolor inmenso, siento cómo se desgarra la aleta y la sangre comienza a brotar. El tipo me vuelve a encerrar y me deja allí con sólo un rollo de papel higiénico con el que apenas puedo detener la hemorragia. Para evitar que el dolor se apodere de mí totalmente trato de pensar en Isabel, pero me tortura el hecho de no saber cómo están ella y nuestro bebé.

Al cabo de unos días me sacan de allí. No volví a atreverme a mirar el gancho de aquel tipo pero por el sonido de metales rozándose puedo adivinar que de alguna forma abre la celda valiéndose de su dedo de hierro. Cuando me ponen en la calle las fuerzas me flaquean pero echo a correr como un poseso. Dios mío, ojalá no le haya pasado nada a Isabel.

4

Cuando llego a la furgoneta me encuentro a Isabel pálida y tiritando. Al verme rompe a llorar pero sé que se alegra de verme. Alguien le ha robado su violín una noche en que salió a buscarme, y yo me siento culpable por ello. Por suerte el poco dinero que tenemos lo escondemos debajo de uno de los asientos y no pudieron encontrarlo. Me quito mi chaqueta tejana y mi camisa de algodón y trato de abrigar a Isabel. Le consigo más medicamentos, agua y algo de comer. Yo trato de mantenerme en calor bebiendo pequeños sorbos de vodka. Isabel siente unos dolores y creemos que no tardará mucho en dar a luz. Cuando anochece ya no tirita y noto que le ha vuelto el color a las mejillas. Presiento que en unos días se pondrá bien del todo. Doy gracias a Dios, me abrazo a ella para que no coja frío y nos dormimos.

Esta mañana por fin brillaba un poco el sol y la temperatura era tolerable, peto la recordaré como la peor de mi vida. Isabel no se despertó, ni siquiera pudo intentarlo. Tan sólo una débil tos y se fue directa al Cielo, con nuestro hijo a salvo dentro de su vientre. Yo lloro y maldigo. Chillo como sólo lo hacen los hombres desesperados y los torturados, con el acento inconfundible de la verdad. Rezo por Isabel y por nuestro niño. Al menos, pienso, no podrá acabar como yo.

Cojo el dinero que me queda y la botella de vodka. Con Isabel en mis brazos abandono la furgoneta de una vez por todas. La gente nos mira a nuestro paso. Hombres jóvenes con sus novias jóvenes y guapas. Hombres canijos y envejecidos con sus mujeres enormes. Ellos, todos ellos. Nos miran y nos juzgan y luego se compadecen. Pero ninguno de ellos tiene la menor idea de lo que es el amor. Dios, yo sí sé lo que es el amor.

Camino durante hora y media con Isabel y nuestro bebé en mis brazos y una carretera comarcal me lleva hasta una zona de fincas. En el prado de una de ellas dejo a Isabel, tendida sobre la hierba. La mañana sigue siendo agradable y su cuerpo se ve precioso al sol. Allí sé que alguien la encontrará. Me despido con un beso. Aún no estás fría. Creo que me iré al sur, Isabel. Las cosas me irán bien y tú lo verás todo desde ahí arriba.

5

Sé que Isabel tiene que estar mejor. Al menos no puede ser peor que esto, no para Isabel, ella no lo merecía. Muchas veces pienso en que debiera haberme ido con ella pero carezco del valor suficiente. Probablemente Isabel tampoco se merecía a alguien como yo. Su único pecado fue darle a la vida más de lo que obtuvo a cambio. Me mortifica pensar en aquel abrigo por el que me encerraron. Si me hubiera hecho con él estoy seguro de que Isabel habría entrado en calor, no hubiera enfer­mado y nuestro hijo habría nacido. Dios, si al menos no hubie­ra cometido la torpeza de intentar robarlo podría haberla cui­dado durante aquellos días en que estuvo prácticamente a la intemperie. Ni siquiera le hubieran robado su violín. Ahora sólo espero que Isabel me sepa perdonar, allá donde esté.

Las cosas en el sur son muy distintas pero no dejo que me vaya mal. El trabajo en el campo es duro y procuro que mis pensamientos me mantengan ocupado hasta el final del día. Ahora lo veo todo con más claridad y sé que hay una deuda que tengo pendiente. Las noches aquí son claras y despejadas. Cuando miro al cielo y veo una estrella, pienso que es Isabel que me observa, y pienso también en que no tardaremos en encontrarnos.

EPÍLOGO

El diario que precede a estas notas finales pertenece a un manuscrito anónimo que el que ahora les habla compró en un rastrillo de un pequeño pueblo blanco del sur por unas pocas pesetas, allá por 1994. La mujer que me lo vendió me aseguró que ella lo había obtenido comprándoselo a su vez a un hom­bre ciego, cuya piel estaba casi en su totalidad recubierta por un vendaje bajo el que parecían supurar decenas de llagas. A ella le llamó la atención el precioso encuadernado —un hilo grueso y púrpura unía las páginas, y las tapas de cartón estaban forradas con un tejido suave y extraño al tacto, diríase que se trataba de piel humana—, pero me confesó que al ser la letra difícilmente legible y ver que no se vendía, estuvo a punto de quemarlo.

He procurado transcribir la historia tal y como estaba escrita, haciendo únicamente alguna corrección sin otra intención que la de facilitar el buen entendimiento del texto. Descifrar lo que en esas páginas estaba escrito fue una tarea ardua, pues por momentos la letra se volvía prácticamente indescifrable, mostrando un trazo tembloroso que adivinaba lo doloroso del momento de su escritura.

El punto en el que la historia original acaba no es, como habrán adivinado algunos, aquel en el que nos hemos detenido. Ocurre que la de por sí difícil transcripción del diario manuscrito tórnase imposible a partir de ahí. Unas manchas oscuras —acaso sangre—, caprichosas por los extraños trazos que dibujan sobre las hojas, salpican el texto ocultando fatalmente las palabras escritas.

Esto, por supuesto, no hizo sino aumentar mi curiosidad acerca del contenido de las restantes páginas, y tal curiosidad acabó deviniendo en obsesión. Tanto es así, que los últimos siete años de mi vida los he consagrado a la búsqueda de testimonios, de un lado a otro de la península, que pudieran arrojar alguna luz sobre el destino de este hombre anónimo, enamorado y maltratado obscenamente por la vida.

He de reconocer que la gran mayoría de mis intentos fueron infructuosos y casi me conducen al desánimo absoluto. Mis esperanzas por encontrar a aquel hombre con vida —pues tal era mi fijación, a pesar de saber en mi fuero interno de mis escasas probabilidades de éxito— crecieron cuando un hombre sureño me aseguró haberle dado trabajo a alguien que podía tra­tarse del Amante de Isabel, que un buen día desapareció y que se rumoreaba que se había dirigido a la costa portuguesa. Y así transcurrieron para mí los años, haciendo caso a cualquiera que quisiera escucharme, siguiendo falsas pistas, caminando en cír­culo, del sur a Portugal, de Portugal a Levante, de Levante al sur otra vez, de allí al norte, del norte al centro… Todo sin ningún resultado palpable.

Al final de mi periplo, una luz fue arrojada sobre este asunto, cuando ya la desilusión comenzaba a ser para mí un modo de vida. Ocurrió en la costa cantábrica, el lugar donde es más probable que la mayor parte de las páginas de este diado fueran escri­tas. Allí, en la ciudad portuaria de Norteña, me topé con un joven y apenas conocido músico, de nombre Nacho Vegas, que aseguraba haber oído la historia del Amante de Isabel. Según él, durante la década de los 90, circuló en forma de romance canta­do que se podía escuchar en oscuros tugurios de las principales urbes del norte, donde músicos de rock la incluían en repertorios en los que sentimientos ocultos en algún oscuro compartimento del alma humana eran vomitados frente a una audiencia general­mente escasa pero siempre atenta. Muchas eran las versiones que Vegas había conocido y muchas las variantes del final que tantos quebraderos de cabeza me había causado en los últimos años, y que seguía ignorando. Él mismo se había hecho eco de una histo­ria que a él también le había sobrecogido, escribiendo una canción que, acompañado sólo de una guitarra española, tuvo a bien tocar para mí —era la primera vez que la compartía con alguien—. Mi asombro fue grande cuando comprobé que las notas del diario que yo conocía estaban reflejadas de una manera sorprendentemente fiel en la canción que escuché interpretar a Vegas, incluyendo un trágico desenlace. Aquello me hizo pensar que debían circular copias del manuscrito con el que yo hace siete años me topara. Quisiera pues acabar esta crónica con la letra de la canción, deseando que la puedan escuchar algún día musicalizada para poder apreciarla en su totalidad

 

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Isabel…    https://www.youtube.com/watch?v=bW748RPUT6s

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Mamá

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Esta vez no me logré engañar. No me voy a mentir. Voy a llorar el dia que deje a mi madre. Toda mi vida me la he pasado viajando.

Para mi buena suerte mis padres no son de aquí, llegaron jóvenes y se quedaron. Alguna ventaja tengo de ello. Nací en Querétaro pero he recorrido la mitad de la república en ‘viajes familiares’, ‘viajes de la escuela’, ‘estoy arto de mi vida’, ‘de éste viaje no volveré’, hasta ‘viajaré porque quiero estar con ella’. Ese ultimo es mi orgullo, el viaje de viajes. Muchos muchos, tantos que he perdido registro de ellos, no de los lugares, pero si se han diluido mis memorias, ya no recuerdo la primera vez que viajé sólo, por ejemplo. Mis padres, me enseñaron a viajar, supongo.

Al partir, encuentro nostalgia, adrenalina, poder, alguna tristeza; ganas de sentir que me estoy desprendiendo de algo o de alguien. Que también me estoy alejando de mi. La verdad es que no he reparado en ello pues imaginaba que esa incertidumbre era parte importante. Es como sentirse un poco loco y desatinar, hacerse a la idea de ‘no tengo razón para esto’, ‘te estoy desafiando pinche rutina’. Viajar se convirtió en una forma de vida cuando pude obtener dinero, viajaba porque era muy pinche decadente y me valía verga mi puteada vida. Esa es la verdad.

Pero esta semana santa que volvía de Tamaulipas, mi mamá me dijo que me quería. Así.

Me envió un mensaje cuando el autobús partía de la central. Yo sentía que me iba a morir. Sentía que no iba a sobrevivir. Seguramente ella se estaba despidiendo como lo haría una madre resignada, una madre que no volverá a ver a su hijo. Estuve a punto de llorar. Quería decirle a mi mama que solo era un viaje más, que no me iba para siempre, ‘no aún mamá, mírame aun no cometo ese “error”, sólo es un momento’. Sentí que le estaba haciendo daño, que era de ella de quien me había estado desprendiendo todos estos años sin lograrlo. No me lo pensaba porque era un fracaso, porque ella ya sabía que volvería, porque yo ya sabía que me esperaría. La verdad es que todos estos años me lo ha dicho. Nunca tan difícil como esta ultima vez.

Es real, mi madre y yo apenas nos entendemos, es la única persona con la que jamás pude razonar, la he llegado a odiar, su asfixiante manera de ser. Supongo que ella piensa lo mismo de mi. Y para ser más sincero temo que seamos tan malditos porque en realidad me parezco a ella, a su forma de ser, de sentir. Eso si que es maldito, me siento sucio tan sólo pensarlo. No lo sé. Pero pues es mi madre, supongo todos tenemos un nemesis, el mio es mi madre y la odio porque es muy inteligente, porque es capaz y además tiene palabra. Porque nunca se queda callada y porque tiene un puto corazón que jode el alma. Porque yo la he visto llorar y he llorado con ella, porque hemos vivido tantas batallas donde nadie ganaba.

He aquí la nostalgia, soy todo nostalgia, he matado la idea de mi madre con este pequeño escrito. ¡Plañidera! ¡Escuchame! Yo, tu hijo, el primero, el que no deseabas, el que contaste llorando, el terror, tu gran vergüenza y tu primero y verdadero amor, te está condenando: Ese viaje que me desprenda de todos lados, es romper los lazos que con cuidado y amor creaste para mi. Y aquí se van a quedar, hoy te doy una bofetada y te me alejo de ti, ya no seré más de tuyo, porque, madre es pues, ahora, ahora y para siempre, simplemente ‘aquella mujer’.

Éxtasis.

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Me gusta amarte hincada de rodillas.
Aquí, tan desde abajo, tan cerca de la tierra
relamo el palpitar de tu cuidado
y centro mi delicia en el transcurso.

No es de extrañar que el mundo sea redondo.
¿Qué forma iba a adoptar, sino la de mi boca?

Raquel Lanseros

Me voy de aquí.

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“Esta será mi venganza:
Que un día llegue a tus manos el libro de un poeta famoso
y leas estas líneas que el autor escribió para ti
y tú no lo sepas.”
Ernesto Cardenal

Me voy de ésta ciudad.

Me voy de aquí. Me voy allá donde dijiste que era mi lugar. Me llevan las pasadas dos de la tarde en aquella estación donde no te encontraba, donde nos hemos ignorando antes. Me voy con ganas de lluvia y mi sordidez, mi inocencia, subiendo escaleras electricas, andando hasta donde el frío me gritara que me estoy haciendo cobarde. Allá donde me detuve en seco y sin decir más giré hacía ti. Temblando. Lentamente, intempestivo, catártico, mortal, potentísimo. Mirándote a los ojos, escondiéndote a los míos, encantada, suspirando al cielo, esperando, anhelando, sonriente, nerviosa. Sonámbula, curiosos paso tras paso, como buscando la muerte, como desafiando al destino. Tomados de la mano y el puente que se derrumba, y los trenes que imparables se vuelcan al coincidir en aquella estación y ese beso después de todo. Esa muerte.

No me volví. Caminé, anduve todos los caminos, aún los atajos y las trampas, llegué a donde debía y ya me conoces. Me haz visto agazapado, te has dejado cazar, has caído pensando que mi antídoto no será suficiente el día que sea suficiente. Y es que no siempre supiste en qué creer y me citabas en los atrios de las iglesias para que supiera donde curarte, por donde preguntar y qué responderte, para que viera que habías sido también un guerrero y debiera temerse, o al menos comprender, tenerte compasión a la hora de la muerte. Todas las avenidas se perdían, ‘ninguna llegó a Roma’ decías. Y yo que ingenuo las andaba y me pedías que no te soltara, te burlabas de mi ceguera, de mis traspiés que no eran ni siquiera por tu culpa, pero los sabías, y te los callabas y no me contarías, me dejarías entre ver cuando mi impaciencia por tus respuestas mirara desesperado, y sentías bien, sólo desesperado podía contemplarlos.

Todo está bien. Ya me habías dejado otras veces, no te iba a esperar aquí de nuevo. Me estoy callando y allende el silencio te desespero con los brazos cerrados, con las ganas de ofender, gritar a todos los vientos que si vas a guiarme no será junto a mi pecho. Tendrás que seguir la mancha de estrellas al pasar, las gotas fluorescentes sobre tu vientre cada que llego, cada vez que caliento y desnudo me tumbo a tu lado, exhausto, fugitivo, total. Mira si no me había entregado antes así, bajando todas las guardias y esperando que tu faena fuera certera, que no me cortaron de tajo, sino la muerte de facto. Para el tercer acto, la última llamada no fue suficiente. Es la noche en aquel hotel donde te quedaste dormida y yo esperaba sentado en el piso al frío, la ventana colaba sólo algunas luces, pero no hubo ninguna estrella, ninguna poesía, y eso me derrotó. ‘Me fuí a sufrir’ le contaba a la virgen, le rezaba un rosario y me brincaba las cuentas, ya sabes, nunca escucha de verdad. Pero ahora mi voz se escuchará en toda la ciudad, hará temblar todos los rincones y no habrá virgen o prostituta que no lo sepa:

Me voy de aquí.

.: http://www.youtube.com/watch?v=yqrCo8LvfhI :.

Te soy.

Soy una mañana fría cerca de los portales.

Soy la plaza de capuchinas que domina la belleza desde su cielo abierto. Soy el puente que cae y las casonas que se levantan. Soy un árbol a medio morir en los patios principales de cada casa; soy los pilares que crujen, que se estallan húmeda y lentamente con los siglos.

Soy las campanas de la Merced, la Luz y la Asunción; a las tres de la mañana. Soy las golondrinas apenas iluminadas junto a los candiles cuando cae la noche. Soy las almenas rotas, el dintel caído, el balcón cerrado. Soy los espejos de piedra que se han pulido al cruzar el pórtico del teatro.

Soy el bullicio de las tardes, de los viernes, y del sábado; soy la incipiente necesidad de gritar frente a la parroquia. Soy la banca vacía en la plaza principal y el óxido bruñido en ellas. Soy el camino ahogado en tierra del parque. Soy el tranvía que adorna el costado de la plaza, los muebles en batería, las torres de la parroquia y la línea que baja desde el calvario hasta el mercado.

Soy años sin lluvia, una larga sequía y el deseo de un temporal que inunde el malecón.

¿Qué tienes ahora? ¿Qué es lo que te rodea si no yo?

Alma, soy las venas a punto punto de estallar, soy todos los viajes hasta ti, todos los caminos. Soy la noche del nueve de febrero y la primera vez. Te soy. Me entrego a ti con una ofensiva, y rindo un homenaje con esta carta al lugar donde te conocí. A nuestro primer hogar. Ésta noche tomo la plaza, ésta ciudad en guerra prepara las armas, toda la nostalgia, lo bueno, lo bello y lo divino, se volcará contra ti.

No dejes de atacar, porque yo no me voy a rendir.

Soy la espada contra ti, y vas a ser mía.

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Octubre.

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Es probable que la lluvia de esta noche
pase desapercibida todo lo que me resta de vida.
Eso eres, lluvia.

No volverás más. No me conmueves más.
No dejas que te toque, ni procuras apagarme.
No me quemas más.
¿Es que acaso sólo eres eres indiferente, o soy yo, sin ser suficiente?

Te soy inexorable.
Me fuiste octubre y la luna. Me fuiste amarga lluvia .
Te soy a la distancia.

                                                Te soy, amar la luna….

                                                                           …distancia, indiferencia y desesperanza.

Onegin and Tatiana – Secret Longing _ https://www.youtube.com/watch?v=7SLJEIrM77c

Quizá no estoy siendo objetivo, pero es que estás muy bonita.

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Puedes decir que no estoy siendo objetivo.

Que siempre te encuentro guapa.
Que estoy muy enamorado.
Que no estoy siendo objetivo, simplemente.
Yo creo que lo soy cuando digo que todas mis flechas apuntan a ti.
Soy objetivo porque no importa nada más, yo estaré siempre para ti.
A tu lado.
Apoyándote.
Te seré incondicional.

Así de objetivo soy.

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¿Y si Dios fuera mujer?

 

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Si Dios fuera Mujer

Mario Benedetti

 

¿Y si Dios fuera mujer?
pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.

 

Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para besar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.

 

Si Dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos SIDA o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.

 

Si Dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos,
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,
con sus brazos no cerrados,
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles.

 

Ay Dios mío, Dios mío
si hasta siempre y desde siempre
fueras una mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
prodigiosa blasfemia.