Soy una mañana fría cerca de los portales.

Soy la plaza de capuchinas que domina la belleza desde su cielo abierto. Soy el puente que cae y las casonas que se levantan. Soy un árbol a medio morir en los patios principales de cada casa; soy los pilares que crujen, que se estallan húmeda y lentamente con los siglos.

Soy las campanas de la Merced, la Luz y la Asunción; a las tres de la mañana. Soy las golondrinas apenas iluminadas junto a los candiles cuando cae la noche. Soy las almenas rotas, el dintel caído, el balcón cerrado. Soy los espejos de piedra que se han pulido al cruzar el pórtico del teatro.

Soy el bullicio de las tardes, de los viernes, y del sábado; soy la incipiente necesidad de gritar frente a la parroquia. Soy la banca vacía en la plaza principal y el óxido bruñido en ellas. Soy el camino ahogado en tierra del parque. Soy el tranvía que adorna el costado de la plaza, los muebles en batería, las torres de la parroquia y la línea que baja desde el calvario hasta el mercado.

Soy años sin lluvia, una larga sequía y el deseo de un temporal que inunde el malecón.

¿Qué tienes ahora? ¿Qué es lo que te rodea si no yo?

Alma, soy las venas a punto punto de estallar, soy todos los viajes hasta ti, todos los caminos. Soy la noche del nueve de febrero y la primera vez. Te soy. Me entrego a ti con una ofensiva, y rindo un homenaje con esta carta al lugar donde te conocí. A nuestro primer hogar. Ésta noche tomo la plaza, ésta ciudad en guerra prepara las armas, toda la nostalgia, lo bueno, lo bello y lo divino, se volcará contra ti.

No dejes de atacar, porque yo no me voy a rendir.

Soy la espada contra ti, y vas a ser mía.

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