Me moriría de no ser así.

Estación Juárez

“Te exijo los besos en un espacio aparte.

Te los exijo celoso de quien te mira los labios cuando hablas. 

Te los exijo únicos, intransferibles, de golpe. 

Te los exijo todos de una buena vez y siempre más. 

Te los exijo con la humead que tu voz les destina. 

Así, con esa saña de quien pretende la muerte del enemigo. 

Me moriría de no ser así”. 

 

Enero 25 del 2013.

12: 25 AM

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07:27 AM 20 Mar

Quizá tu no lo sepas pero mi novia tiene la voz bonita y la mirada llena de sinceridad. Mi novia es una virgen doncella, con virtudes universales que a uno lo invitan a descubrirla día a día. Mi novia tiene el corazón de bondad y la mirada curiosa. Mi novia encanta con sus gestos. Ella un día me mato tanto que me fue imposible negar la muerte, como hoy es complicado negar que me llena de resurrección. Alma es la mujer, la niña, el rostro de Catalina. Es princesa y es mártir, es hija, la hermana mayor. Ella es amiga y ya ha amado con amor de madre, es Alma. Y así como lo dice su nombre, ella le da sentido a las cosas. Yo le tengo amor, y con mi amor le entrego mi vida. Le ofrezco mi ser y le doy todo lo que soy, la envuelvo con mi calor que nunca se apaga. Yo quiero ser parte de su vida, para toda la vida y después.

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Se suponía…

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Iba yo a escribir aquí, algo bonito…    

 

 

 

 

                                              …pero es que me estoy muriendo. 

 

 

 

 

“Por si alguien aún duerme, 
incendios de nieve y calor… calor, 
a veces te pasas, incendios de nieve y calor… calor.”

 

 

 

 

Cómo me haces hablar en el silencio.

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Quizá tú no lo sepas, pero aquí se hace difícil mantener la vertical. Aquí las manzanas no dan espacio a ninguna matemática, a ninguna física. Uno se anda entre la gente como quien cruza ríos infestados de cocodrilos, agarrándose de ellos, esperando reconocerse en alguno. Esperando que quizá, un poco, sólo un poco, implorando, por favor, se apiaden de mí. Nada me mantiene, nada me da calma, es verdaderamente inquietante tu asecho. Mírame andar, noctambulo del universo. Ese maldito.

Y se llega la hora, procuro me encuentre en algún lugar mas o menos seguro.  Planteo en mi recamara una trinchera, voy del escritorio a la puerta, del closet a la ventana, del librero a la cama. Disparas y caigo. Te escucho, me susurras, sonríes y yo me aferro a las sabanas. Me invades en una infinita gama de sensaciones que me avientan fuera del colchón. Me elevas.

Mírame volar, supernovas infinitas. Ese enamorado.

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P.D. Yo te doy una canción… https://www.youtube.com/watch?v=Nbm0bn8yewQ

Pasa…

Pasa…

Pasa…

Contemplaba las notas sin poder definir exactamente qué veía. Pensaba. Ese sonido lo reconozco de otras noches, de otras muertes…

¿Era la música…? ¿Las pausas…?

Cuando se duerme poco, se alargan mucho las noches; no conseguía alimentar mi descanso.

Horas de brujas a las cuales sobrevivía con alguna facilidad. Yo sabía, no era el café; entendía los motivos de todos los intervalos, a veces, hasta cuatro en una sola vista al reloj. No era el tiempo, yo sabía.

Camino entre los bordes del libro. Voy a la pluma y me ciega el reflejo de la lámpara. Puedo ver perfectamente la inscripción en ella, ya se ha grabado antes en mí. Hurgando el escritorio, sin desordenar nada, ando las sombras de todas las huellas que dejaron antiguas batallas; las marcas de otras plumas que, como ahora, tallaron antes en la madera una serie de glifos únicos, cicatrizan sólo mientras hago más heridas en ella. Vana es la fuerza en mis manos, se pierde; voy al borde del libro y vuelvo a comenzar.

Son un juego macabro estos valles, donde apenas se presenta una cresta y sabemos saltar, y sabemos caer, y sabemos la elíptica, y aparece un nuevo elemento que no puedo entender, que justo antes de despegar me advierte, no voy a dejar de temblar aún cuando lo logre. No quiero dejar de temblar, no quiero que se me escape alguna sensación, quiero todo lo que vayas a darme.

No estoy huyendo de mí, ni me estoy arrancado nada. Apenas puedo comprender la levedad con que me ahogo. No es mi respiración, ni la densidad del frío que me conserva. No es tristeza, ni es rabia. No voy a negar ninguna bandera, no es ésto una vanidosa satisfacción, y todo carece de esa lógica menesterosa que se habitúa entre las cosas que no se ven.

La penumbra, alrededor, me invita a levantar la mirada; elevo mi taza, algún líquido se me resbala entre las comisuras de los labios. La porcelana se opaca, me seca la boca como lo haría el hielo, hace caer a pedazos mi máscara. Me horrorizó, sin inmutarme, ver el café más espeso que mi sangre.

Inmensidad, me rindo. Yo te pertenezco.